Tercera semana Kildare 2018

Después de nuestro segundo día de planes familiares, entramos de lleno en la tercera semana de aventura.

El lunes, después de las clases, cogimos el autobús rumbo al bosque de Donadea. Éste, con sus enormes árboles, nos sorprendió nada más bajar del autobús. Emprendimos la marcha. Las risas de todos nuestros niños y niñas se mezclaban con el canto de los pájaros y el fabuloso silencio de la naturaleza componiendo una preciosa melodía.

Después de unos 30 minutos, llegamos a un claro, una campa, al lado de un lago. El paisaje era precioso. Nos sentamos, comimos y tuvimos una de las mejores sobremesas que recuerdo. Unos tumbados sobre las piernas de otros, intercambiando caricias, batallitas y risas… magnífico, simplemente magnífico.

Y lo que aún no sabíamos era que la mejor noticia del día estaba aún por llegar. En el camino de vuelta al autobús, nos confirmaron la noticia: ¡habíamos ganado la foto de la semana! Orgulloso es poco. Vaya trabajo, vaya entrega, vaya EQUIPAZO.

Volvimos, cenamos, quedamos con nuestros amiguetes y, después de una rápida merendola para celebrar nuestro triunfo, nos fuimos a casa a descansar.

Y amanecimos en martes. Oficialmente dos semanas en Irlanda… costaba creerlo. Nos subimos al autobús después del abrazo matutino de rigor y nos preparamos para afrontar las clases.

Pero, como todos los días, las clases pasaron volando y las caras empezaron a mostrar esa emoción por el plan de la tarde. ¡Nos íbamos a Dublín!

Llegamos a Dublín, fuimos a la plaza del Trinity College y nos dieron tiempo libre. Unas nos fuimos a comprar un helado, otros nos escapamos a hacer compras para la familia, otras nos dimos un paseo por el río… En definitiva, cada uno hicimos un poco lo que más nos apetecía, sacándonos fotos con nuestras amigas y amigos… Amistades que, aunque bromeamos con ello, probablemente sean ya para toda la vida.

Las caras en el autobús de vuelta a casa lo decían todo: estábamos destrozados. Llegamos, cenamos, nos reímos un poco juntos y, después de una breve conversación con la familia intercambiando impresiones sobre el día que llegaba a su fin, nos fuimos a dormir.

Cuando abrimos los ojos el miércoles, el tiempo empezaba a cambiar… las nubes irlandesas de las que tanto nos habían hablado empezaban a hacer acto de presencia.

Una vez pasadas las clases, comimos en el patio y fuimos mentalizándonos para nuestra segunda sesión de Irish Dancing. La verdad es que fue mucho mejor que la primera vez: más coordinación, más compenetración… ¡incluso nos acordábamos (más o menos) de los bailes del primer día!

El bailoteo se nos pasó volando y los nervios comenzaron a asomar… ¡Hoy teníamos noche de disco! “¿Y qué me pongo?”, “¿Y me maquillo?”, “pero Álvaro… ¿tenemos que llevar camisa?”

Llegó la hora: 20:30. Nervios a flor de piel, modelitos estupendos, maquillaje preparado. Y, sin embargo, en cuanto pisamos la pista de baile, ESTATUAS, absolutas estatuas. Menos mal que tres o cuatro bailables y alguna situación incómoda promovida por los monitores rompieron el hielo. Y cuando hizo pop, ya no hubo stop. Risas, bailes, y alguna que otra caída divertida pusieron le broche de oro a esta primera mitad de la tercera semana.

Y sí, digo broche de oro. Porque ayer, al mirar a la pista de baile, solo se veía VÍNCULO. Un vínculo tan excepcional como maravilloso, del que yo personalmente no quiero desprenderme jamás.

Y como siempre, ¡recordad visitar el álbum de Facebook Kildare 2018 para ver las fotos que publicamos!

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